David
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Me dió mucho gusto encontrarme contigo hoy, viejo amigo. Al principio no te reconocí –ahí sentado en tu banquito plástico con tu menuda estatura, tu indiferencia y fumando un cigarro (como casi todos aquí)-. Pero talvez fue tu duro semblante o tu fruncido entrecejo el que te trajo de mi memoria. O tu facha de alguien a quien ya no importa lo que otros piensen, despojado ya de muchas de las preocupaciones mundanas y quien simplemente hace lo que la vida le pide, no mas. Te diré que fuiste un poco rudo al principio –pero siempre fuiste así-. Veinte euros es mucho dinero. Desde que te vi pensé que tu ayuda cambiaría mi visita al Palacio Topkapı, le iba a poner, como bien me lo dijiste después, la sal y la pimienta. Entonces me decidí a regatearte el precio como es nuestra costumbre. Después de un estira y encoge en que por un momento pensé en desistir, me alegró que finalmente cediste a mi oferta de YTL 30.00 con un indiferente “Acepto porque me entra pena de que no entiendas nada”. Ya lo sabía, puedes ser así de directo.
Primero tu estampa –me recordabas uno de aquellos viejos sabios que se hacen respetar por el tiempo vivido y lo aprendido-, luego tu actitud de tutor indiferente aunque paternal, tu escasa estatura que contrastaba con la fuerza de tu carácter. Y después tu conocimiento, el saberte dueño de tus dominios; tu orgullo por los tesoros ahí guardados; en fin un personaje en ti mismo. Desde que entramos al palacio no desentonaste, cumpliste mis expectativas. De hecho, incluso antes de entrar. Me mostraste los tres sellos de la puerta del palacio –luego te explicaré su significado, pues tenemos solamente una hora y un poco mas para la visita-. Luego fueron las grandes tinajas sembradas en el patio –ya me imaginaba yo, como típico turista, fotografiándolas sin tener la mínima idea de que esta era la forma en que los antiguos conservaban –enterrados- los perecederos, o el dinero (aunque estas en tinajas de bronce). Después la representación otomana de “El Uno”, el valor artístico de los azulejos, los mosaicos… Varias veces me dijiste: En este salón encontrarás esto y aquello, trata de verlo lo más rápido que te sea posible para continuar la visita, preocupado por el poco tiempo que teníamos disponible para apreciar mas tesoros históricos. La recamara del Sultán –oro por todas partes-, la Sala del Tesoro Imperial –increíbles lujos más allá de mi comprensión (diamantes, rubíes y esmeraldas gigantescas, tronos, coronas), simplemente demasiado-. Recuerdo particularmente la forma en que tomaste la mejilla de la joven guardia para que nos permitiera entrar al mirador al Bósforo: ya estaban cerrando y no sabré nunca que le dijiste que la hizo sonreír y ceder. También tus recomendaciones para el cuarto de la circuncisión: Ve por las gradas y no te entretengas con la vista al canal, busca la puerta y entra rápido para ver el trabajo en los azulejos! Y no te preocupes, puedes tomar todas las fotos que quieras hasta que llegue la seguridad… Ya no pudimos entrar a la sala en donde esta el bastón de Mahoma y no recuerdo que reliquias de Alejandro Magno y el Bautista. Pero como también me lo dijiste: te llevo como a un saltamontes, viendo esto y aquello. Para mí, no hubo mejor forma de visitar el palacio, David. Escuché cada una de tus palabras y te seguí como se sigue a un patriarca, a un experto, a una autoridad. Pocas veces me he sentido así, abandonado a la fascinación de la sabiduría de años y una autoridad que simplemente no se puede poner en duda. Creo que también ayudó que nuestra conversación fuera en Español –y en tu español bastante fluido-; la lengua primaria, la que después de todo fue con la que me habló mi madre por primera vez, la lengua con la cual me reconfortaba. Y la cual se vuelve ahora un norte al cual mirar en este mar de vocablos ininteligibles.
Salimos del palacio al anochecer. Te comenté por qué estaba en Estambul y te sorprendió un poco que estuviera viviendo en Üsküdar y con una local. Hasta me diste información de los orígenes étnicos y el posible acento de mi anfitriona, seguidos de un discreto: Pero no le digas nada, eh? En suma, me has regalado dos horas de sabiduría, de conocimiento y mejor aun, de autoconocimiento. Decidí acompañarte a recoger dos bancos plásticos que te llevarás a tu casa –preciadas posesiones de una vida simple: llegas al palacio a las 10:00, armas tu pequeño letrero: “Guía en Español – Guide en Francais”, te cuelgas otro en el cuello y te sientas en tu banco a fumar y esperar. Te jubilaste hace unos años y ahora trabajas por tu cuenta. Tus preocupaciones en el trabajo: que no te dañen los bancos mientras haces el tour, y brindarle al turista una visita enriquecedora. Tomamos tus dos bancos rotos –me explicaste que el otro (el que esta en mejor estado) lo dejas recomendado, con una propina, con los guardias de la entrada- y bajamos la cuesta hacia el TRAM hablando de tu familia y de que te había gustado conocerme. Al llegar a la calle, me preguntaste si iba por tu camino (vives cerca de Taksim, que es de donde venía yo hoy) y decidí no acompañarte.
Lo hice porque estaba sobrecogido por la emoción, por el sentimiento de haber encontrado –como pocas veces- aquella figura del abuelo que se me perdió cuando tenía siete u ocho años: al anciano sabio, fuerte, cariñoso -de una forma un tanto fría- y amante de la cultura. Pero a la vez desgarbado, pobre y perdido en esta vida. Aunque eso si, viviendo a un nivel, en un estadío mas alto que el resto de nosotros.
Simplemente no quise que la frágil fantasía que estaba viviendo se rompiera por cualquier motivo y la realidad me estropeara el momento. Por eso decidí no acompañarte. Bajaste tu bolsa plástica con tus cosas, te devolví tus dos bancos y estrechaste mi mano firmemente; entonces bajé un poco la cabeza y te dije: Muchas gracias David; muchas gracias y mucho gusto. Mientras caminábamos en sentido contrario, no supe que hacer con ese nudo en la garganta. Solo atiné volver a verte mientras te dirigías lento, pequeño y frágil hacia la estación, perdiéndote entre la gente. Adiós David, que tu dios bendiga tus pasos. Adiós abuelo, te extraño mucho... |
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Carla dijo
Mano! me hiciste llorar!! yo que soy barata para hundirme en los recuerdos!
Creo que la vida es muy diferente para las personas que se hunden en lo que importa y empiezan a desechar todo lo que al final no es mas que brillo y vanalidad, lo mucho que uno desea elevarse hasta esas alturas para entender mejor todo lo que se admira con todo el corazón!
6 Octubre 2008 | 12:31 AM