Ahora que me doy cuenta, fue hace exactamente dos meses. Por fin conocí la nieve. Puede que no te parezca algo extraordinario pero para un habitante de un país tropical no es algo de todos los días.

Recuerdo que en el avión iba preocupado por saber si llevaba suficiente protección para el frío. Y es que llevaba una mezcla interesante de ropa:

Una chumpa reversible prestada -bastante voluminosa, por cierto- y un sudadero gris que compré en un Mall de Miami. Una gorra negra Thinsulate que siempre me gustó porque la compré en un pequeño comercio cerca de Montmartre -y sabes que me encanta recordar Paris-. Ah y un par de guantes negros -algo gastados y con un agujero en el pulgar- que compré en el mercado central. Ya lo ves, una mezcla de orígenes bastante interesantes.

Pues te decía que iba preocupado por la intensidad del frío en Michigan. Claro que sabía que dentro de los edificios y casas no tendría problemas por la calefacción. Y que no podría estar yo tan mal preparado. Pero la expectativa de experimentar algo nuevo, el espíritu de descubrimiento, de ver el mundo de otra manera; me emocionaba bastante.

Mi preocupación se agravó porque al hacer la escala en Dallas y salir del avión por ese tubo metálico que te lleva al edificio del aeropuerto, sentí como entrar en una refri. Y eso que había oído decir claramente al piloto que la temperatura local era de 35 grados -en ese momento entendí que eran 35 grados Fahrenheit- así que Dallas estaba a 1 grado centígrado...

Luego de la escala, llegamos al aeropuerto cuando ya había anochecido y estaba nevando. Al carretear el avión tuve la primera estampa cercana del asunto: la pista cubierta de blanco y a través de la ventanilla pude ver dos aviones a los que estaban deshelándoles las alas -con aquellos camiones que bombean no se qué líquido anticongelante-.

Odio las sorpresas. No por sí mismas, sino por el poder que tienen de cambiar tus planes, de desordenarte las ideas y de hacerte improvisar. En fin, un tipo ordenado no es un tipo muy flexible. Así que como una persona ordenada, naturalmente llevaba la ropa de frío a mano.

Casi al salir del aeropuerto dejé mi maleta al lado de una banca, abrí mi maletín de mano y me puse la chumpa reversible sobre el sudadero. Decidí guardarme los guantes y la gorra en las bolsas de la chumpa y experimentar antes la intensidad del frío. Salí.

Al principio me sentí bastante cómodo, tosí una vez por al cambio brusco de temperatura en las vías respiratorias (y mientras estuve allí, siempre tosí una vez cuando salía al frío). Me paré cerca de una caseta de esas que hay para esperar dentro por si no soportas el frío. Yo haciéndome el valiente hasta que en eso pasa un tipo gordo en playera... "Este sí que está acostumbrado..."

En la espera pasaron varios buses (shuttles) de distintas empresas de renta de carros que te llevan a sus respectivas estaciones, pero no pasaba el mío. En eso se aproxima y yo le hago señas (me imaginé como que estaba parando la 101 en la Av. Reforma) pero la señora ni me vio y siguió de largo. Aaahh, la estación de Dollar está unos metros mas adelante! Corro y le grito pero sigue de largo... mejor decido ponerme los guantes y la gorra.

Al cabo de unos diez minutos llegó el siguiente bus, me subí y ya sentado me concentré en memorizar el camino para que fuera fácil -según yo- devolver el carro seis días después. Pero el piloto dio tantas vueltas que mejor abandoné la idea.

Ya superando el temor inicial por el frío, ahora mis preocupaciones eran dos: manejar en la carretera nevada y encontrar el hotel sin problemas. Me venían a la mente aquellos "amazing" videos que uno ve en la tele en las que los carros se chocan porque derrapan en la nieve... En eso llegamos a la estación y seguía nevando.

Al entrar la señora que estaba en el extremo izquierdo del mostrador me sonríe y me invita a acercarme. Saqué de mi bolsa el papel impreso con los detalles de la reserva pero ella solo me pide mi apellido, busca en la computadora y confirma que he reservado el Hyundai de no se qué modelo. Reservé el más pequeño pues es el más económico y para qué quiero mas.

Ella se empeña en sugerirme que rente el modelo siguiente -mas grande- debido a que la carretera está nevada y que ya le dije que jamás he manejado en esas condiciones (como siempre, yo dando detalles...). Pero como también es más caro amablemente declino su oferta.

Luego me ofrece el seguro (que ya había rechazado en la reserva online) y me aconseja tomarlo debido a las condiciones, mi inexperiencia, etc. Eso sí me deja pensando -no es lo mismo reservar en Guatemala que viendo las carreteras cubiertas de nieve- y ni modo, mas vale prevenir que lamentar. Total que entre el seguro y el GPS -éste sí lo había solicitado, vale su peso en oro- el precio de la renta casi se duplica. Las penas de ganar en quetzales y gastar en dólares.

La señora me asigna el siguiente modelo al Hyundai, un Chrysler PT Cruiser por el mismo precio "accidentalmente" según ella -prefiero pensar que le simpatizó mi inexperiencia en la nieve y mi sinceridad para rechazar el carro- y después de programar el GPS con la dirección del hotel y de yo pagar la renta; me dice que puedo recoger el carro en el lote equis.

Yo me recuerdo de inmediato que habrá que limpiarlo de la nieve y con cero experiencia para esto le respondo:

- I have to clean it, right?
- Yes you have to, sir
- Hmmm, but I don't know how to, can you help me?
- Sure, please wait ten minutes and we will help you

Menos mal... Al rato veo que sale ella misma con un cepillo y me dice "Wait here, sir". Y como yo pensé que iba a mandar a algún otro empleado; me da pena -y aparte quería aprender cómo era la cosa- así que agarro mis cosas y a correr con la maleta rodando en la nieve...

Cuando llego ella ya esta cepillando las puertas y limpiando los vidrios y cuando me ve me dice algo así como "Have you feel the snow? Grab it with your hands!" y recogió con su mano un poco de nieve del capó y me lo pone en las mías. Me robó una sonrisa pues estaba compartiendo mi curiosidad y alegría juguetona...

Al final me dió las llaves del carro y me pidió que lo encendiera para que calentara. Yo estaba henchido de emoción pues llegaba el momento de manejar; así que después de confundirnos un rato buscando cómo abrir el baúl para meter las maletas le pregunté su nombre: Dawn, "amanecer".

Lindo nombre que me recordó el de aquella otra mujer que me recibió en Estambul al llegar al aeropuerto; Ilknur, "la primera luz divina". Me agradó imaginarme protegido por un tipo de fuerza luminosa, especial y muy importante, femenina.

Le di a Dawn un fuerte abrazo de agradecimiento -que naturalmente ella no esperaba pero que le hizo sonreír-; me metí al carro, quité el freno de mano, puse el Drive y salí por donde pude confiando en no atascarme en la nieve.

Con el GPS programado tenía resuelto el problema de la ubicación del hotel, pero no fue tan fácil porque seguía nevando, lo que dificultaba un poco la visibilidad; y con esas condiciones yo iba a una velocidad tal vez demasiado prudente.

No sé si fue sugestión pero en una ocasión sentí que el carro derrapaba; y el GPS anunciando cruces súbitos al pasar bajo algunos puentes tampoco ayudaba. Mirando constantemente el reloj del carro preocupado porque ya iba bastante mas tarde de lo planeado, seguía las indicaciones constantes del aparato para dirigirme a mi destino.

La expectación por llegar crecía así como la alegría de tener la oportunidad de alimentar mi espíritu con nuevas experiencias; otra vez me sentí agradecido y muy contento de renovarme y de sentir un nuevo amanecer en mí. Otra vez, la reinvención.

Llegué al hotel una hora mas tarde, estacioné el carro en los lugares cercanos a la entrada, que extrañamente estaban vacíos -al día siguiente me daría cuenta que me había parqueado en el área para minusválidos-. Me puse los guantes, bajé del carro, tosí y bajo la fría nieve de Michigan saqué las maletas y me dirigí hacia el lobby. Entré.